Sopa de mentiras

Hace unos días, mientras desayunaba unas ricas tostadas de mermelada cual millonario en su chalet de BeberlyHills leyendo la revista Forbes vi, al echarle un vistazo al timeline de mi cuenta de twitter, que #herobaby era trendingtopic nacional. En ese momento, levanté la cabeza y ví la marca Hero impresa en mi bote de mermelada y pensé “las casualidades no existen”. Por tanto, comencé a leer tweets referentes al hashtag y descubrí que su community manager (CM) la había liado parda publicando un tweet totalmente fuera de contexto, en respuesta a una queja de la famosa reportera Samanta Villar sobre la composición de uno de sus productos destinado a bebés.

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Samanta se quejaba de que el omnipresente en alimentos procesados aceite de palma se encontraba en la composición de un potito de la empresa, alegando  sus deficiencias nutricionales en comparación con otros aceites (su perfil lipídico es rico en grasas saturadas) y el terrible daño al medio ambiente que hace la explotación de palmas para la extracción de este aceite. Pero Samanta, todos sabemos que  en la industria alimentaria el bolsillo manda y el aceite vegetal más barato hoy en día es el de palma.

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Estoy completamente seguro de que, si más noticias relacionadas con el aceite de palma aparecen en los medios de comunicación, pronto las mismas empresas alimentarias que aman este aceite sobre todas las cosas comenzarán a utilizar grasas alternativas y a poner en sus envases, en tamaño de letra 72  “SIN ACEITE DE PALMA”.

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Leer esta noticia fue la gota que colmó mi vaso de paciencia, pues últimamente en clase y por redes sociales solo escucho y veo cómo la industria alimentaria juega con las etiquetas de sus productos, amparándose en los muchos vacíos legales que se encuentran en la legislación a día de hoy. Entonces pensé, ingenuo de mi, que no podía ser que mi tan amada industria alimentaria nos engañara en el etiquetado de todos los productos procesados y comencé a buscar información por la red hasta toparme de cara con un artículo que me resulto muy interesante, Así tendrían que ser las etiquetas de los alimentos si quisieran reflejar sus ingredientes reales e indagué, a través del hastag mencionado en el artículo “#etiquetareal” por mi amado twitter. Decenas y decenas de productos procesados ante mis ojos que ocultaban descaradamente sus ingredientes mayoritarios y sacaban a relucir en la etiqueta ingredientes con porcentajes de risa en la composición final del producto.

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Mi indignación fue tal, que salí de mi casa corriendo al supermercado más cercano a convertirme en un experto en etiquetas de sopas, independientemente de cuál fuera su marca, y esto fue lo que me encontré en la etiqueta:

Sin título-1.jpg

Ingredientes: 1: carne de vacuno y rabo de buey (1,1%) (carne de vacuno, rabo de buey(3%)) 2: concentrado de BOGAVANTE (0,5%) 3: carne de ternera 1% 4: pollo de corral 0,7%

Entonces le eché un ojo a la actual legislación en lo referente al etiquetado de producto alimentarios: Reglamento (UE) N o 1169/2011. Está claro que puedes poner en una etiqueta uno de sus ingredientes para que destaque tu producto en el lineal del supermercado, pero ¿Está bien éticamente vender un producto con un ingrediente en cantidades irrisorias y poner a este en primera plana de la etiqueta? Esto es lo que dice la legislación:

INFORMACIÓN ALIMENTARIA VOLUNTARIA

Artículo 36

  1. La información alimentaria proporcionada voluntariamente cumplirá los requisitos siguientes:

a) no inducirá a error al consumidor, según se indica en el artículo 7;

b) no será ambigua ni confusa para los consumidores, y

c) se basará, según proceda, en los datos científicos pertinentes.

Al igual que en el famoso caso, tan bien redactado por mi profesor de biotecnología alimentaria, sobre el actimel: La verdadera historia del Actimel (II): ¿Me siento engañado por Danone?  Podemos concluir el post con una pregunta, ¿estas etiquetas inducen a error en el consumidor? Quien hace la ley hace la trampa

PD: ese día llegue un poco tarde a clase.

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Un pensamiento en “Sopa de mentiras

  1. Debo felicitarte por tu post. Da gusto leer algo tan actual, interesante y a la vez con un poco de humor que lo haga más ligero. He de decir que estoy total (y éticamente) de acuerdo contigo, sin embargo, me gustaría plantear un mini debate abierto:
    Aunque no sea ético, es posible que por mi formación acabe trabajando en una empresa alimentaria que busque, por supuesto, el máximo beneficio. Mi función será hacerles ganar dinero, sin engañar ni perjudicar la salud de nadie. Es cierto que las etiquetas fomentan la confusión en el consumidor, aunque no suele darse un engaño en sí dado que en los ingredientes pone claramente lo que lleva y la cantidad relativa. Cuando estos mismo consumidores compran la última tecnología, se fijan y preguntan hasta por el más mínimo detalle que diferencia un modelo de otro, y un precio de otro. Entonces, ¿por qué no se molestan estos consumidores en leer, preguntar e investigar de igual forma lo que comen?

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